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Los miembros de la Sociedad Española de Genética conocemos a José Ignacio Cubero en su faceta de genético y mejorador de éxito, de magnífico profesor y de ameno conversador y divulgador científico. Pero puede que muchos no sepan que una de sus pasiones más fuertes, más allá de María Teresa, la Gastronomía, el Betis y Curro Romero (y no necesariamente en este orden) sea la Historia en general y de la Agricultura en particular. De hecho, además de ser Dr. Ingeniero Agrónomo y Dr. en Biología, está pendiente de finalizar su tesis para ser Dr. en Historia. Gran amante y coleccionista de libro antiguo, no sólo como elemento de contemplación sino, sobre todo, de estudio y crítica. Por ello ha sido autor o coautor de una serie de libros en los que analiza a la luz de los conocimientos agronómicos actuales, la agricultura romana y árabe, particularmente la andalusí. Todo este conocimiento agronómico e histórico se pone al servicio de este gran tratado de la Historia de la Agricultura. Utilizando un eje conductor geográfico, técnico, cultural e histórico, mucho más adecuado que un relato eurocéntrico estrictamente cronológico, estudia desde las sociedades preagrícolas, cazadores y recolectores, hasta las agriculturas más industrializadas actuales, describiendo cultivos, alimentos, técnicas, particularmente maquinaria, e industrias agrarias que se ha ido introduciendo en las distintas regiones mundiales a lo largo de los siglos. Pero lo que es fundamental, también se centra en los aspectos culturales y económicos motores del cambio social. Sus más de 800 páginas están organizadas en seis grandes apartados: El regalo de los Dioses; Las primeras agriculturas; Consolidación y transmisión; La pequeña globalización; El final de la tradición; y La Agricultura moderna. En estos apartados analiza el origen y avance agrícola en las distintas sociedades, desde el Oriente Próximo hasta las Américas. El texto está repleto de relatos y episodios interesantes algunos más conocidos como el origen del vino y de la cerveza pero otros tan misteriosos como la vida de un médico, agricultor, ganadero e industrial jerezano de finales del siglo XVIII y principios del XIX , consejero del rey que unificó las Islas Hawai, responsable de la introducción de numerosos cultivos en el Pacífico. Conociendo sus intereses personales, tampoco nos extraña que haya algún apartado específico dedicado al cultivo de rosas y otras plantas ornamentales (por ejemplo, la crisis de los bulbos en Holanda) o al aceite de oliva. No sólo se limita a la mera descripción de eventos, sino que muchas de sus páginas contienen una crítica o ensayo que podría ser la base de su tesis en Historia que le queda pendiente y que, sin duda, acabará en los próximos años. En un momento en el que la Agricultura ha abandonado la posición privilegiada que ocupaba en la sociedad (reflejado en el lema Sine agricultura nihil), un libro como éste es imprescindible para entender que el progreso de la Sociedad se ha debido en gran parte al desarrollo agrícola, aceptando como para cualquier otra técnica su valor ambivalente, que nos exige un avance continuo superando las dificultades o errores del pasado. El mensaje final que se desprende del texto es que la Agricultura no sólo está en el origen de la evolución social humana, sino que sigue siendo un elemento central para el avance futuro de la Sociedad. En una época de urgencias y prisas como la actual, hay que tener el máximo respeto y admiración para aquellos maestros que dedican gran parte de su tiempo a preparar grandes tratados como éste que perdurarán como legado de su conocimiento.

Ignacio Romagosa



estadisticas última actualización: 26/03/2018 20:18:34. por Miguel Burgos © Sociedad Española de Genética